Daniel Louard. «ME QUEDAN DOS MESES DE PARO Y NO SÉ CÓMO VOY A PAGAR EL PISO»
Por Guillermo D. Olmo
Cualquiera que escuche hablar a Daniel Louar pensaría que lo está haciendo con un profesor universitario, o al menos con un titulado. Sin embargo, hasta hace muy poco Daniel era un indigente. A sus 58 años, después de haberse quedado en paro, y con un magro subsidio a punto de agotarse, Daniel vive en eso que los que han hecho de los pobres su objeto de estudio llaman ampulosamente «riesgo de exclusión social». Daniel es un orador locuaz y elegante. Su mesurado discurso y su facilidad de palabra chocan con el aspecto zarrapastroso que las circunstancias de la vida le obligan a exhibir. El suyo es un ejemplo de que la dignidad ni va en el atuendo ni en los ceros de la cuenta corriente.
De hecho, su capacidad oratoria y su apariencia de honestidad le han llevado a convertirse en una especie de líder para los usuarios del comedor para desempleados que a cuenta de esta crisis ha puesto en marcha el Ayuntamiento de Móstoles. Daniel planea con el apoyo de algunos de ellos crear una asociación de desempleados del municipio.
A la espera de que este proyecto fragüe, Daniel tiene preocupaciones más acuciantes. Dentro de dos meses dejará de percibir los cuatrocientos y pocos euros que le quedaron de paro y no tendrá con que pagar la habitación del piso que comparte con seis ciudadanos bolivianos. No sería la primera vez que Daniel se ve abocado a vivir en la calle. A sus 58 años le resulta casi imposible encontrar un empleo. Los mecanismos de «protección social» de la que tanto le gusta presumir al presidente Zapatero apenas mitigan las penurias de gente como Daniel.
Las fatigas de este argelino nacido en Francia comenzaron cuando perdió su empleo en el mantenimiento de un edificio inteligente. «Se acabó el contrato de seis meses que tenía y no me renovaron». Muchos jóvenes están familiarizados con los trabajos temporales y precarios, pero a ellos todavía les queda alguna opción de encontrar otro.
No es este el único punto en que Daniel se muestra crítico con los empresarios españoles: «Yo he trabajado en otros países y la cosa es diferente. La inmensa mayoría de las empresas aquí no tienen un planteamiento de futuro y sólo les preocupa el beneficio inmediato. Los empresarios son los principales responsables de la crisis». Si consigue superar la amenaza de la indigencia, Daniel quizá tenga aún tiempo para meterse a líder sindical. Daniel tiene cuatro hijos españoles, pero ni quiere ni puede pedirles ayuda. «Ellos son mayores, ya tienen sus propios problemas y yo no quiero ser un estorbo; además están en el paro», afirma. Para esos hijos anhela un futuro mejor que su presente: «Rezo porque nunca estén en una situación como la que yo estoy pasando». De los tiempos en los que le tocó vivir a la intemperie le han quedado secuelas importantes. Daniel luce la fisonomía que estamos acostumbrados a ver en los refugiados de conflictos bélicos que salen por televisión. Los meses en la calle le dejaron una neumonía que le obligó a pasar una temporada en el hospital. Él dice que estuvo «al borde de la muerte». Ahora, otra vez, está al borde de la indigencia.
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