Gladys Zapata. «CAÍ EN UNA DEPRESIÓN POR NO ENCONTRAR TRABAJO»
Por Guillermo D. Olmo
Distintos estudiosos han descrito los estragos que sobre el individuo causa la pérdida del empleo. Hay quien ha dedicado libros enteros a ello. En la «sociedad líquida» de la que habló Zygmut Bauman, la precariedad laboral y la siempre presente amenaza de pérdida del empleo, la inseguridad en definitiva que impera en los tiempos que corren, lleva al sujeto que la padece a situaciones de deterioro emocional.
Dicho en román paladino, lo que pasa es que a uno el peligro de perder el empleo o el hecho de hacerlo pueden llevarle a padecer incluso trastornos mentales como la depresión. Eso es lo que le está pasando a Gladys Zapata. Trabajaba como enfermera atendiendo pacientes a domicilio, pero en los últimos tiempos, desde que comenzó la maldita crisis económica, ya nadie la contrata. Gladys estaba dada de alta como autónoma, otro de los colectivos a los que el actual temporal económico está maltratando hasta límites insoportables.

Gladys recibe ahora tratamiento psiquiátrico para combatir la depresión. Pese a ello, ella se levanta cada mañana para buscar trabajo y todas las semanas pasa por el INEM para consultar el estado de las ofertas de empleo pero el panorama en estos tiempos es desolador. «Sólo a veces sale algo de enfermera, pero en cuanto llamas te dicen que no te molestes ni en ir». Gladys, en consonancia con los psicólogos, relaciona su malestar psíquico con la falta de trabajo. «Si tuviera un trabajo anímicamente iría para arriba», concluye.
La vida se le ha complicado mucho a esta chilena nacionalizada española y a su familia. No hace tanto tiempo que, junto a Nelson, su marido, invertía en inmuebles y se embarcaba en abrir varios negocios. Nelson rememora con nostalgia la época en que ingresaba 6.000 euros todos los meses. Después, cuando las familias de los ancianos a los que cuidaban rechazaron sus servicios empezó la hecatombe. «Tuvimos que devolver coches y empezamos a tener problemas para pagar los gastos más esenciales».

Ahora, pasado el tiempo de la esperanza, Nelson y Gladys acuden a diario a un comedor social. Nelson lo hace vestido con un chándal que cubre con una americana, una reminiscencia de aquel pasado añorado, un trago duro para un autónomo bien pagado que albergó la idea de convertirse en empresario. Ahora vive de la caridad. Un cambio brutal difícil de encajar.

Gladys es una más de las muchas personas que buscan empleo en España, pero su caso es atípico por varias razones. Ella tiene 63 años, pero aunque pudiera optar a alguna pensión seguiría intentando encontrar trabajo: «Sé que he vivido ya gran parte de mi vida, pero lo que me falta no quiero que me lo den hecho». A tanto llega su determinación que baraja aceptar alguna de las ofertas para trabajar en otros países europeos que le han llegado a través del INEM. «Sería una decisión muy drástica, porque ni mi marido ni mis hijas podrían acompañarme, pero si no sale nada, tendré que acabar aceptando». Con 63 años, después de haber recalado en España al poco de morir Franco, Gladys está dispuesta a emprender un nuevo viaje.
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